30.4.08

Cortazar - Carta a una Señorita en París

Julio Cortázar
(1914-1984)



Carta a una señorita en París
(Bestiario, 1951)


Andrée, yo no quería venirme a vivir a su departamento de la calle Suipacha. No tanto por los conejitos, más bien porque me duele ingresar en un orden cerrado, construido ya hasta en las más finas mallas del aire, esas que en su casa preservan la música de la lavanda, el aletear de un cisne con polvos, el juego del violín y la viola en el cuarteto de Rará. Me es amargo entrar en un ámbito donde alguien que vive bellamente lo ha dispuesto todo como una reiteración visible de su alma, aquí los libros (de un lado en español, del otro en francés e inglés), allí los almohadones verdes, en este preciso sitio de la mesita el cenicero de cristal que parece el corte de una pompa de jabón, y siempre un perfume, un sonido, un crecer de plantas, una fotografía del amigo muerto, ritual de bandejas con té y tenacillas de azúcar... Ah, querida Andrée, qué difícil oponerse, aun aceptándolo con entera sumisión del propio ser, al orden minucioso que una mujer instaura en su liviana residencia. Cuán culpable tomar una tacita de metal y ponerla al otro extremo de la mesa, ponerla allí simplemente porque uno ha traído sus diccionarios ingleses y es de este lado, al alcance de la mano, donde habrán de estar. Mover esa tacita vale por un horrible rojo inesperado en medio de una modulación de Ozenfant, como si de golpe las cuerdas de todos los contrabajos se rompieran al mismo tiempo con el mismo espantoso chicotazo en el instante más callado de una sinfonía de Mozart. Mover esa tacita altera el juego de relaciones de toda la casa, de cada objeto con otro, de cada momento de su alma con el alma entera de la casa y su habitante lejana. Y yo no puedo acercar los dedos a un libro, ceñir apenas el cono de luz de una lámpara, destapar la caja de música, sin que un sentimiento de ultraje y desafio me pase por los ojos como un bando de gorriones.

Usted sabe por qué vine a su casa, a su quieto salón solicitado de mediodía. Todo parece tan natural, como siempre que no se sabe la verdad. Usted se ha ido a París, yo me quedé con el departamento de la calle Suipacha, elaboramos un simple y satisfactorio plan de mutua convivencia hasta que septiembre la traiga de nuevo a Buenos Aires y me lance a mí a alguna otra casa donde quizá... Pero no le escribo por eso, esta carta se la envío a causa de los conejitos, me parece justo enterarla; y porque me gusta escribir cartas, y tal vez porque llueve.

Me mudé el jueves pasado, a las cinco de la tarde, entre niebla y hastío. He cerrado tantas maletas en mi vida, me he pasado tantas horas haciendo equipajes que no llevaban a ninguna parte, que el jueves fue un día lleno de sombras y correas, porque cuando yo veo las correas de las valijas es como si viera sombras, elementos de un látigo que me azota indirectamente, de la manera más sutil y más horrible. Pero hice las maletas, avisé a la mucama que vendría a instalarme, y subí en el ascensor. Justo entre el primero y segundo piso sentí que iba a vomitar un conejito. Nunca se lo había explicado antes, no crea que por deslealtad, pero naturalmente uno no va a ponerse a explicarle a la gente que de cuando en cuando vomita un conejito. Como siempre me ha sucedido estando a solas, guardaba el hecho igual que se guardan tantas constancias de lo que acaece (o hace uno acaecer) en la privacía total. No me lo reproche, Andrée, no me lo reproche. De cuando en cuando me ocurre vomitar un conejito. No es razón para no vivir en cualquier casa, no es razón para que uno tenga que avergonzarse y estar aislado y andar callándose.

Cuando siento que voy a vomitar un conejito me pongo dos dedos en la boca como una pinza abierta, y espero a sentir en la garganta la pelusa tibia que sube como una efervescencia de sal de frutas. Todo es veloz e higiénico, transcurre en un brevísimo instante. Saco los dedos de la boca, y en ellos traigo sujeto por las orejas a un conejito blanco. El conejito parece contento, es un conejito normal y perfecto, sólo que muy pequeño, pequeño como un conejilo de chocolate pero blanco y enteramente un conejito. Me lo pongo en la palma de la mano, le alzo la pelusa con una caricia de los dedos, el conejito parece satisfecho de haber nacido y bulle y pega el hocico contra mi piel, moviéndolo con esa trituración silenciosa y cosquilleante del hocico de un conejo contra la piel de una mano. Busca de comer y entonces yo (hablo de cuando esto ocurría en mi casa de las afueras) lo saco conmigo al balcón y lo pongo en la gran maceta donde crece el trébol que a propósito he sembrado. El conejito alza del todo sus orejas, envuelve un trébol tierno con un veloz molinete del hocico, y yo sé que puedo dejarlo e irme, continuar por un tiempo una vida no distinta a la de tantos que compran sus conejos en las granjas.

Entre el primero y segundo piso, Andrée, como un anuncio de lo que sería mi vida en su casa, supe que iba a vomitar un conejito. En seguida tuve miedo (¿o era extrañeza? No, miedo de la misma extrañeza, acaso) porque antes de dejar mi casa, sólo dos días antes, había vomitado un conejito y estaba seguro por un mes, por cinco semanas, tal vez seis con un poco de suerte. Mire usted, yo tenía perfectamente resuelto el problema de los conejitos. Sembraba trébol en el balcón de mi otra casa, vomitaba un conejito, lo ponía en el trébol y al cabo de un mes, cuando sospechaba que de un momento a otro... entonces regalaba el conejo ya crecido a la señora de Molina, que creía en un hobby y se callaba. Ya en otra maceta venía creciendo un trébol tierno y propicio, yo aguardaba sin preocupación la mañana en que la cosquilla de una pelusa subiendo me cerraba la garganta, y el nuevo conejito repetía desde esa hora la vida y las costumbres del anterior. Las costumbres, Andrée, son formas concretas del ritmo, son la cuota del ritmo que nos ayuda a vivir. No era tan terrible vomitar conejitos una vez que se había entrado en el ciclo invariable, en el método. Usted querrá saber por qué todo ese trabajo, por qué todo ese trébol y la señora de Molina. Hubiera sido preferible matar en seguida al conejito y... Ah, tendría usted que vomitar tan sólo uno, tomarlo con dos dedos y ponérselo en la mano abierta, adherido aún a usted por el acto mismo, por el aura inefable de su proximidad apenas rota. Un mes distancia tanto; un mes es tamaño, largos pelos, saltos, ojos salvajes, diferencia absoluta Andrée, un mes es un conejo, hace de veras a un conejo; pero el minuto inicial, cuando el copo tibio y bullente encubre una presencia inajenable... Como un poema en los primeros minutos, el fruto de una noche de Idumea: tan de uno que uno mismo... y después tan no uno, tan aislado y distante en su llano mundo blanco tamaño carta.

Me decidí, con todo, a matar el conejito apenas naciera. Yo viviría cuatro meses en su casa: cuatro -quizá, con suerte, tres- cucharadas de alcohol en el hocico. (¿Sabe usted que la misericordia permite matar instantáneamente a un conejito dándole a beber una cucharada de alcohol? Su carne sabe luego mejor, dicen, aunque yo... Tres o cuatro cucharadas de alcohol, luego el cuarto de baño o un piquete sumándose a los desechos.)

Al cruzar el tercer piso el conejito se movía en mi mano abierta. Sara esperaba arriba, para ayudarme a entrar las valijas... ¿Cómo explicarle que un capricho, una tienda de animales? Envolví el conejito en mi pañuelo, lo puse en el bolsillo del sobretodo dejando el sobretodo suelto para no oprimirlo. Apenas se movía. Su menuda conciencia debía estarle revelando hechos importantes: que la vida es un movimiento hacia arriba con un clic final, y que es también un cielo bajo, blanco, envolvente y oliendo a lavanda, en el fondo de un pozo tibio.

Sara no vio nada, la fascinaba demasiado el arduo problema de ajustar su sentido del orden a mi valija-ropero, mis papeles y mi displicencia ante sus elaboradas explicaciones donde abunda la expresión «por ejemplo». Apenas pude me encerré en el baño; matarlo ahora. Una fina zona de calor rodeaba el pañuelo, el conejito era blanquísimo y creo que más lindo que los otros. No me miraba, solamente bullía y estaba contento, lo que era el más horrible modo de mirarme. Lo encerré en el botiquín vacío y me volví para desempacar, desorientado pero no infeliz, no culpable, no jabonándome las manos para quitarles una última convulsión.

Comprendí que no podía matarlo. Pero esa misma noche vomité un conejito negro. Y dos días después uno blanco. Y a la cuarta noche un conejito gris.

Usted ha de amar el bello armario de su dormitorio, con la gran puerta que se abre generosa, las tablas vacías a la espera de mi ropa. Ahora los tengo ahí. Ahí dentro. Verdad que parece imposible; ni Sara lo creería. Porque Sara nada sospecha, y el que no sospeche nada procede de mi horrible tarea, una tarea que se lleva mis días y mis noches en un solo golpe de rastrillo y me va calcinando por dentro y endureciendo como esa estrella de mar que ha puesto usted sobre la bañera y que a cada baño parece llenarle a uno el cuerpo de sal y azotes de sol y grandes rumores de la profundidad.

De día duermen. Hay diez. De día duermen. Con la puerta cerrada, el armario es una noche diurna solamente para ellos, allí duermen su noche con sosegada obediencia. Me llevo las llaves del dormitorio al partir a mi empleo. Sara debe creer que desconfío de su honradez y me mira dubitativa, se le ve todas las mañanas que está por decirme algo, pero al final se calla y yo estoy tan contento. (Cuando arregla el dormitorio, de nueve a diez, hago ruido en el salón, pongo un disco de Benny Carter que ocupa toda la atmósfera, y como Sara es también amiga de saetas y pasodobles, el armario parece silencioso y acaso lo esté, porque para los conejitos transcurre ya la noche y el descanso.)

Su día principia a esa hora que sigue a la cena, cuando Sara se lleva la bandeja con un menudo tintinear de tenacillas de azúcar, me desea buenas noches -sí, me las desea, Andrée, lo más amargo es que me desea las buenas noches- y se encierra en su cuarto y de pronto estoy yo solo, solo con el armario condenado, solo con mi deber y mi tristeza.

Los dejo salir, lanzarse ágiles al asalto del salón, oliendo vivaces el trébol que ocultaban mis bolsillos y ahora hace en la alfombra efímeras puntillas que ellos alteran, remueven, acaban en un momento. Comen bien, callados y correctos, hasta ese instante nada tengo que decir, los miro solamente desde el sofá, con un libro inútil en la mano -yo que quería leerme todos sus Giraudoux, Andrée, y la historia argentina de López que tiene usted en el anaquel más bajo-; y se comen el trébol.

Son diez. Casi todos blancos. Alzan la tibia cabeza hacia las lámparas del salón, los tres soles inmóviles de su día, ellos que aman la luz porque su noche no tiene luna ni estrellas ni faroles. Miran su triple sol y están contentos. Así es que saltan por la alfombra, a las sillas, diez manchas livianas se trasladan como una moviente constelación de una parte a otra, mientras yo quisiera verlos quietos, verlos a mis pies y quietos -un poco el sueño de todo dios, Andrée, el sueño nunca cumplido de los dioses-, no así insinuándose detrás del retrato de Miguel de Unamuno, en torno al jarrón verde claro, por la negra cavidad del escritorio, siempre menos de diez, siempre seis u ocho y yo preguntándome dónde andarán los dos que faltan, y si Sara se levantara por cualquier cosa, y la presidencia de Rivadavia que yo quería leer en la historia de López.

No sé cómo resisto, Andrée. Usted recuerda que vine a descansar a su casa. No es culpa mía si de cuando en cuando vomito un conejito, si esta mudanza me alteró también por dentro -no es nominalismo, no es magia, solamente que las cosas no se pueden variar así de pronto, a veces las cosas viran brutalmente y cuando usted esperaba la bofetada a la derecha-. Así, Andrée, o de otro modo, pero siempre así.

Le escribo de noche. Son las tres de la tarde, pero le escribo en la noche de ellos. De día duermen ¡Qué alivio esta oficina cubierta de gritos, órdenes, máquinas Royal, vicepresidentes y mimeógrafos! Qué alivio, qué paz, qué horror, Andrée! Ahora me llaman por teléfono, son los amigos que se inquietan por mis noches recoletas, es Luis que me invita a caminar o Jorge que me guarda un concierto. Casi no me atrevo a decirles que no, invento prolongadas e ineficaces historias de mala salud, de traducciones atrasadas, de evasión Y cuando regreso y subo en el ascensor ese tramo, entre el primero y segundo piso me formulo noche a noche irremediablemente la vana esperanza de que no sea verdad.

Hago lo que puedo para que no destrocen sus cosas. Han roído un poco los libros del anaquel más bajo, usted los encontrará disimulados para que Sara no se dé cuenta. ¿Quería usted mucho su lámpara con el vientre de porcelana lleno de mariposas y caballeros antiguos? El trizado apenas se advierte, toda la noche trabajé con un cemento especial que me vendieron en una casa inglesa -usted sabe que las casas inglesas tienen los mejores cementos- y ahora me quedo al lado para que ninguno la alcance otra vez con las patas (es casi hermoso ver cómo les gusta pararse, nostalgia de lo humano distante, quizá imitación de su dios ambulando y mirándolos hosco; además usted habrá advertido -en su infancia, quizá- que se puede dejar a un conejito en penitencia contra la pared, parado, las patitas apoyadas y muy quieto horas y horas).

A las cinco de la mañana (he dormido un poco, tirado en el sofá verde y despertándome a cada carrera afelpada, a cada tintineo) los pongo en el armario y hago la limpieza. Por eso Sara encuentra todo bien aunque a veces le he visto algún asombro contenido, un quedarse mirando un objeto, una leve decoloración en la alfombra y de nuevo el deseo de preguntarme algo, pero yo silbando las variaciones sinfónicas de Franck, de manera que nones. Para qué contarle, Andrée, las minucias desventuradas de ese amanecer sordo y vegetal, en que camino entredormido levantando cabos de trébol, hojas sueltas, pelusas blancas, dándome contra los muebles, loco de sueño, y mi Gide que se atrasa, Troyat que no he traducido, y mis respuestas a una señora lejana que estará preguntándose ya si... para qué seguir todo esto, para qué seguir esta carta que escribo entre teléfonos y entrevistas.

Andrée, querida Andrée, mi consuelo es que son diez y ya no más. Hace quince días contuve en la palma de la mano un último conejito, después nada, solamente los diez conmigo, su diurna noche y creciendo, ya feos y naciéndoles el pelo largo, ya adolescentes y llenos de urgencias y caprichos, saltando sobre el busto de Antinoo (¿es Antinoo, verdad, ese muchacho que mira ciegamente?) o perdiéndose en el living, donde sus movimientos crean ruidos resonantes, tanto que de allí debo echarlos por miedo a que los oiga Sara y se me aparezca horripilada, tal vez en camisón -porque Sara ha de ser así, con camisón- y entonces... Solamente diez, piense usted esa pequeña alegría que tengo en medio de todo, la creciente calma con que franqueo de vuelta los rígidos cielos del primero y el segundo piso.

Interrumpí esta carta porque debía asistir a una tarea de comisiones. La continúo aquí en su casa, Andrée, bajo una sorda grisalla de amanecer. ¿Es de veras el día siguiente, Andrée? Un trozo en blanco de la página será para usted el intervalo, apenas el puente que une mi letra de ayer a mi letra de hoy. Decirle que en ese intervalo todo se ha roto, donde mira usted el puente fácil oigo yo quebrarse la cintura furiosa del agua, para mí este lado del papel, este lado de mi carta no continúa la calma con que venía yo escribiéndole cuando la dejé para asistir a una tarea de comisiones. En su cúbica noche sin tristeza duermen once conejitos; acaso ahora mismo, pero no, no ahora. En el ascensor, luego, o al entrar; ya no importa dónde, si el cuándo es ahora, si puede ser en cualquier ahora de los que me quedan.

Basta ya, he escrito esto porque me importa probarle que no fui tan culpable en el destrozo insalvable de su casa. Dejaré esta carta esperándola, sería sórdido que el correo se la entregara alguna clara mañana de París. Anoche di vuelta los libros del segundo estante, alcanzaban ya a ellos, parándose o saltando, royeron los lomos para afilarse los dientes -no por hambre, tienen todo el trébol que les compro y almaceno en los cajones del escritorio. Rompieron las cortinas, las telas de los sillones, el borde del autorretrato de Augusto Torres, llenaron de pelos la alfombra y también gritaron, estuvieron en círculo bajo la luz de la lámpara, en círculo y como adorándome, y de pronto gritaban, gritaban como yo no creo que griten los conejos.

He querido en vano sacar los pelos que estropean la alfombra, alisar el borde de la tela roída, encerrarlos de nuevo en el armario. El día sube, tal vez Sara se levante pronto. Es casi extraño que no me importe verlos brincar en busca de juguetes. No tuve tanta culpa, usted verá cuando llegue que muchos de los destrozos están bien reparados con el cemento que compré en una casa inglesa, yo hice lo que pude para evitarle un enojo... En cuanto a mí, del diez al once hay como un hueco insuperable. Usted ve: diez estaba bien, con un armario, trébol y esperanza, cuántas cosas pueden construirse. No ya con once, porque decir once es seguramente doce, Andrée, doce que serán trece. Entonces está el amanecer y una fría soledad en la que caben la alegría, los recuerdos, usted y acaso tantos más. Está este balcón sobre Suipacha lleno de alba, los primeros sonidos de la ciudad. No creo que les sea difícil juntar once conejitos salpicados sobre los adoquines, tal vez ni se fijen en ellos, atareados con el otro cuerpo que conviene llevarse pronto, antes de que pasen los primeros colegiales.


Este es el cuento q yo siempre menciono d Cortazar, el del tipo ke vomita los conejitos. Uno d mis preferidos... aunque todos sus cuentos son d mi agrado.

22.4.08

Un clásico - ANNABEL LEE - E.A.POE

Annabel Lee


by Edgar Allan Poe
(published 1849)


It was many and many a year ago,
In a kingdom by the sea,
That a maiden there lived whom you may know
By the name of ANNABEL LEE;--
And this maiden she lived with no other thought
Than to love and be loved by me.
She was a child and I was a child,
In this kingdom by the sea,
But we loved with a love that was more than love--
I and my Annabel Lee--
With a love that the winged seraphs of heaven
Coveted her and me.

And this was the reason that, long ago,
In this kingdom by the sea,
A wind blew out of a cloud by night
Chilling my Annabel Lee;
So that her high-born kinsman came
And bore her away from me,
To shut her up in a sepulchre
In this kingdom by the sea.

The angels, not half so happy in Heaven,
Went envying her and me:--
Yes! that was the reason (as all men know,
In this kingdom by the sea)
That the wind came out of a cloud, chilling
And killing my Annabel Lee.

But our love it was stronger by far than the love
Of those who were older than we--
Of many far wiser than we-
And neither the angels in Heaven above,
Nor the demons down under the sea,
Can ever dissever my soul from the soul
Of the beautiful Annabel Lee:--

For the moon never beams without bringing me dreams
Of the beautiful Annabel Lee;
And the stars never rise but I see the bright eyes
Of the beautiful Annabel Lee;
And so, all the night-tide, I lie down by the side
Of my darling, my darling, my life and my bride,
In her sepulchre there by the sea--
In her tomb by the side of the sea.

Mi muy muy amado edgar allan... sepanló... lo amo.

20.4.08

iros todos a...

Fucking commitments…

Soy yo la unica q cree q un compromiso es un compromiso?

Si me comprometo a algo lo hago

Me rompe reverendamente las pelotas.

Yo puedo estar metida en un kilombo barbaro pero cumplo

O trato d arreglar como para llegar al menor daño.

No entiendo ke todo t importe poco, menos si hay una amistad d x medio

Arreglense?

Eso no existe si yo estaba comprometida

C ve ke no es asi para todos

Por otro lado, me jode ke digan q no me preocupo cuando si lo hago, no me gusta ke digan q no pueden contar conmigo xq si pueden a menos q algo grave me lo impida

Fuck

Fuck

Fuck

Odio las fucking mentiras y las asunciones baratas.

15.4.08

Citas d "el gran lebowski"

Algunas tienen sentido solo si han visto la peli... n_n
Las coloradas son mis favoritas y la violeta es la mejor... segun yo! ejeje... o_O

Maude Lebowski: What do you do for recreation?
The Dude: Oh, the usual. I bowl. Drive around. The occasional acid flashback.




The Dude
: That's a great plan, Walter. That's fuckin' ingenious, if I understand it correctly. It's a Swiss fuckin' watch.



The Dude
: Fuck sympathy! I don't need your fuckin' sympathy, man, I need my fucking johnson!
Donny: What do you need that for, Dude?



The Dude
: God damn you Walter! You fuckin' asshole! Everything's a fuckin' travesty with you, man! And what was all that shit about Vietnam? What the FUCK, has anything got to do with Vietnam? What the fuck are you talking about?



Walter Sobchak
: You want a toe? I can get you a toe, believe me. There are ways, Dude. You don't wanna know about it, believe me.
The Dude: Yeah, but Walter...
Walter Sobchak: Hell, I can get you a toe by 3 o'clock this afternoon... with nail polish. These fucking amateurs...



The Dude
: Also, my rug was stolen.
Younger Cop: The rug was in the car?
The Dude: No. It was here.
Younger Cop: [eager] Oh, separate incidents.
Maude Lebowski: [on answering machine] Jeffrey, this is Maude Lebowski. I need to see you. I'm the one who took your rug.
Younger Cop: Well. I guess we can close the books on that one.



Blond Treehorn Thug
: [holding up a bowling ball] What the fuck is this?
The Dude: Obviously you're not a golfer.



The Dude
: Walter, what is the point? Look, we all know who is at fault here, what the fuck are you talking about?
Walter Sobchak: Huh? No, what the fuck are you... I'm not... We're talking about unchecked aggression here, dude.
Donny: What the fuck is he talking about?
The Dude: My rug.
Walter Sobchak: Forget it, Donny, you're out of your element!
The Dude: Walter, the chinaman who peed on my rug, I can't go give him a bill, so what the fuck are you talking about?
Walter Sobchak: What the fuck are you talking about? The chinaman is not the issue here, Dude. I'm talking about drawing a line in the sand, Dude. Across this line, you DO NOT... Also, Dude, chinaman is not the preferred nomenclature. Asian-American, please.
The Dude: Walter, this isn't a guy who built the fucking railroads here. This is a guy...
Walter Sobchak: What the fuck are you talking about?
The Dude: Walter, he peed on my rug!
Donny: He peed on the Dude's rug.
Walter Sobchak: Donny you're out of your element! Dude, the Chinaman is not the issue here!



Walter Sobchak
: Nihilists! Fuck me. I mean, say what you like about the tenets of National Socialism, Dude, at least it's an ethos.



Brandt
: Well, Dude, we just don't know.



The Dude
: Look, just stay away from my fucking lady friend.
Da Fino: Hey, I'm not messing with your special lady.
The Dude: She's not my special lady, she's my fucking lady friend. I'm just helping her conceive.



[the Dude, Walter, and Donny walk out of the bowling alley, to find the three Nihilists waiting in front of the Dude's car, which has been torched]
The Dude: Well, they finally did it. They killed my fucking car.
Nihilist: Ve vant ze money, Lebowski.
Nihilist #2: Ja, uzzervize ve kill ze girl.
Nihilist #3: Ja, it seems you have forgotten our little deal, Lebowski.
The Dude: You don't HAVE the fucking girl, dipshits! We know you never did!
[the Nihilists, stunned, confer amongst themselves in German]
Donny: Are these the Nazis, Walter?
Walter Sobchak: No, Donny, these men are nihilists, there's nothing to be afraid of.
Nihilist: Ve don't care. Ve still vant ze money, Lebowski, or ve fuck you up.
Walter Sobchak: Fuck you. Fuck the three of you.
The Dude: Hey, cool it Walter.
Walter Sobchak: No, without a hostage, there is no ransom. That's what ransom is. Those are the fucking rules.
Nihilist #2: His girlfriend gave up her toe!
Nihilist #3: She though we'd be getting million dollars!
Nihilist #2: Iss not fair!
Walter Sobchak: Fair! WHO'S THE FUCKING NIHILIST HERE! WHAT ARE YOU, A BUNCH OF FUCKING CRYBABIES?
The Dude: Hey, cool it Walter. Look, pal, there never was any money. The big Lebowski gave me an empty briefcase, so take it up with him, man.
Walter Sobchak: And, I would like my undies back.
[Stunned, the Germans confer amongst themselves again]
Donny: Are they gonna hurt us, Walter?
Walter Sobchak: No, Donny. These men are cowards.
Nihilist: Okay. So we take ze money you haf on you, und ve calls it eefen.
Walter Sobchak: Fuck you.



[when making the payoff]
The Dude: Dude.
Nihilist: [on the phone] Who is this?
The Dude: Dude. The bag man, man. Where do you want us to go?
Nihilist: Us?
The Dude: [to Walter] Shit!
[to Nihilist]
The Dude: Uh. Yeah, uh. Me and, uh, the driver. I'm not handling the money, driving the car and talking on the phone all at the same time.
Nihilist: Shut the fuck up.
Walter Sobchak: Dude, are you fucking this up?
Nihilist: Who the fuck is that?
The Dude: That is the driver.
[Nihilist hangs up]
The Dude: Shit! Walter, you fuck... you fucked it up! You fucked it up! Her life was in our hands, man!
Walter Sobchak: Nothing is fucked here, Dude. Come on, you're being very un-Dude. They'll call back.



The Dude
: And, you know, he's got emotional problems, man.
Walter Sobchak: You mean... beyond pacifism?



The Dude
: Nobody calls me Lebowski. You got the wrong guy. I'm the Dude, man.
Blond Treehorn Thug: Your name's Lebowski, Lebowski. Your wife is Bunny.
The Dude: My... my wi-, my wife, Bunny? Do you see a wedding ring on my finger? Does this place look like I'm fucking married? The toilet seat's up, man!



The Dude
: Fortunately, I'm adhering to a pretty strict, uh, drug, uh, regimen to keep my mind, you know, uh, limber.



Maude Lebowski
: Do you like sex, Mr. Lebowski?
The Dude: 'Scuse me?
Maude Lebowski: Sex. The physical act of love. Coitus. Do you like it?
The Dude: I was talking about my rug.
Maude Lebowski: You're not interested in sex?
The Dude: You mean coitus?



[
while dunking the Dude's head in the toilet]
Blond Treehorn Thug: Where's the money, Lebowski? Where's the fucking money, shithead?
The Dude: It's uh... uh... it's down there somewhere, let me take another look.



The Dude
: Let me explain something to you. Um, I am not "Mr. Lebowski". You're Mr. Lebowski. I'm the Dude. So that's what you call me. You know, that or, uh, His Dudeness, or uh, Duder, or El Duderino if you're not into the whole brevity thing.



The Dude
: My only hope is that the big Lebowski kills me before the Germans can cut my dick off.



Nihilist
: We believe in nothing, Lebowski. Nothing. And tomorrow we come back and we cut off your chonson.
The Dude: Excuse me?
Nihilist: I said
[shouting]
Nihilist: We'll cut off your johnson!
Nihilist #2: Just you think about that, Lebowski.
Nihilist #3: Yeah, your wiggly penis, Lebowski.
Nihilist #2: Yeah and maybe we stomp on it and squoosh it, Lebowski.



Younger Cop
: And was there anything of value in the car?
The Dude: Oh, uh, yeah, uh... a tape deck, some Creedence tapes, and there was a, uh... uh, my briefcase.
Younger Cop: [expectant pause] In the briefcase?
The Dude: Uh, uh, papers, um, just papers, uh, you know, uh, my papers, business papers.
Younger Cop: And what do you do, sir?
The Dude: I'm unemployed.



The Big Lebowski
: Are you employed, sir?
The Dude: Employed?
The Big Lebowski: You don't go out looking for a job dressed like that? On a weekday?
The Dude: Is this a... what day is this?
The Big Lebowski: Well, I do work sir, so if you don't mind...
The Dude: I do mind, the Dude minds. This will not stand, ya know, this aggression will not stand, man.



[the Nihilists invade the Dude's bathroom accompanied by a trained rodent]
The Dude: Hey, nice marmot!



The Dude
: Mr. Treehorn treats objects like women, man.
Malibu Police Chief: Mr. Treehorn draws a lot of water in this town. You don't draw shit, Lebowski. Now we got a nice, quiet little beach community here, and I aim to keep it nice and quiet. So let me make something plain. I don't like you sucking around, bothering our citizens, Lebowski. I don't like your jerk-off name. I don't like your jerk-off face. I don't like your jerk-off behavior, and I don't like you, jerk-off. Do I make myself clear?
The Dude: [after a pause] I'm sorry, I wasn't listening.



The Dude
: This is the fuckin' guy! I can find this fuckin' Lebowski guy!
Donny: His name's Lebowski? That's your name, Dude!



[first lines]
The Stranger: [voiceover] Way out west there was this fella I wanna tell ya about. Goes by the name of Jeff Lebowski. At least that was the handle his loving parents gave him, but he never had much use for it himself. See, this Lebowski, he called himself "The Dude". Now, "Dude" - there's a name no man would self-apply where I come from. But then there was a lot about the Dude that didn't make a whole lot of sense. And a lot about where he lived, likewise. But then again, maybe that's why I found the place so darned interestin'. See, they call Los Angeles the "City Of Angels"; but I didn't find it to be that, exactly. But I'll allow it as there are some nice folks there. 'Course I ain't never been to London, and I ain't never seen France. And I ain't never seen no queen in her damned undies, so the feller says. But I'll tell you what - after seeing Los Angeles, and this here story I'm about to unfold, well, I guess I seen somethin' every bit as stupefyin' as you'd seen in any of them other places. And in English, too. So I can die with a smile on my face, without feelin' like the good Lord gypped me. Now this here story I'm about to unfold took place in the early '90s - just about the time of our conflict with Sad'm and the I-raqis. I only mention it because sometimes there's a man... I won't say a hero, 'cause, what's a hero? Sometimes, there's a man. And I'm talkin' about the Dude here - the Dude from Los Angeles. Sometimes, there's a man, well, he's the man for his time and place. He fits right in there. And that's the Dude. The Dude, from Los Angeles. And even if he's a lazy man - and the Dude was most certainly that. Quite possibly the laziest in all of Los Angeles County, which would place him high in the runnin' for laziest worldwide. Sometimes there's a man, sometimes, there's a man. Well, I lost my train of thought here. But... aw, hell. I've done introduced it enough.



Walter Sobchak
: Now that is just ridiculous, Dude. Nobody is going to cut your dick off. Not if I have anything to say about it.
The Dude: Thank you Walter, that makes me feel very secure, it makes me feel very warm inside.

Make ur own kind of music

Hola hola mis keridos lectores. Veo q a nadie le ha dado de opinar nada. Mi público esta muerto.
Les cuento q hacía mucho q no posteaba porque me mudé y recién esta semana me conectaron internet, ahora voy a tratar d mantener esto mas actualizado. Mi vida está como en un momento de viraje, cambiando grupos sociales, pensamientos, ideologías, reestructuración total.

Por ahora entré solo para dedicarle un tema a todos ustedes y a un amigo en especial. Matt, esta es para vos, creo q ya se me pasó el enojo. Beso.(para todos)

Make Your Own Kind Of Music - The Mamas & the Papas

Nobody can tell ya,
There’s only one song worth singin’,
They may try and sell ya,
As it hangs them up to seesomeone like you
But you've gotta make your own kind of music
sing your own special song,
make your own kind of music even if nobodyelse sing along.
You're gonna be knowin’the loneliest kind of lonely.
It may be rough goin',
just to do your thing's
the hardest thing to do.
But you've gotta make your own kind of music
sing your own special song,
make your own kind of music even if nobodyelse sings along.
So if you cannot take my hand,
and if you must be goin',
I will understand.
You gotta make your own kind of music
sing your own special song,
make your own kind of music even if nobodyelse sings along.
You gotta make your own kind of music
sing your own special song,
make your own kind of music even if nobodyelse sings along.